sábado, 26 de septiembre de 2009

Autonomía y educación.

Leo, para una actividad de un curso de formación organizado por el Sterm, un artículo de Constance Kamii titulado "La autonomía como finalidad de la educación".

Lo menos que puedo decir del texto es que es un buen punto de partida no sólo para dicho curso sino para profundizar en los aspectos en él tratados: Los fines de la educación, las alternativas sancionadoras, las diferentes expresiones del constructivismo, entre otros. Asi que ahí iba el enlace por si interesa.

Es un artículo sugerente y resulta relativamente fácil estar de acuerdo con algunas de sus afirmaciones, aunque sea preciso incluir matices, añadir otros elementos y, lo dicho, profundizar en unas cuestiones tratadas en él de forma clara pero esquemática.

Es lo que sucede con la cuestión por la que se pregunta, la de la autonomía, tanto moral como intelectual. Máxime cuando, como es el caso, se escribe desde disciplinas o saberes -la Filosofía- en los que tiene una honda tradición y juega un importante papel.

Entiendo que no es este el momento de entrar en esos matices propios para plantear que también cabe hablar de autonomía ontológica, para profundizar un poco en kant, para...

Sí que merece la pena recordar que la docencia reglada de dicha disciplina, en este país ,incluye en ru regulación estatal y regional esa idea de autonomía. Una idea que no sólo forma parte de las más variadas reflexiones y producciones intelectuales sino que es habitual de las programaciones didácticas.

Cojo una al tuntún de las varias que tengo. Entre los objetivos de la misma se encuentra “favorecer el desarrollo de personas autónomas, libres y responsables, a través de la consolidación del autoconocimiento y la autoestima”. La cuestión pues, en este caso, no es si introduciríamos la autonomía en la programación; por que ya está en ella. La cuestión es cómo hacerlo.

Y la respuesta, al menos, ha de ser que no sólo como fin. La autonomía no puede reducirse a ser un fin de la educación (y en cualquier caso no sería el único fin), debe ser también un medio y debe ser también un valor. Debe caracterizar nuestra acción como docentes, como enseñantes, como profes o como se nos quiera llamar... Y debe caracterizar la acción del alumnado, individual y grupalmente.

La capacidad de autodeterminar la voluntad y la acción no puede ser sólo un objetivo. Debe ser también un camino. Y en ese camino es donde se encarnan otras cuestiones que quedan fuera del artículo de Kamii como los condicionantes de la autonomía, la relación entre autonomía individual y coexistencia, la forma en que se incluye la autonomía de juicio (juzgar por cuenta propia) en contextos dialógicos y comunidades de aprendizaje...

Y en el fondo el debate es si se puede o no se puede educar en y para la libertad... Por que sin libre voluntad no hay autonomía.

Obviamente no toda metodología encaja con esta actitud y con estos objetivos... Muchas de los elementos que cabe reconocer en el constructivismo (¿a estas alturas no es mejor hablar de constructivismos?) encajan mejor... Pero algunas cosuelas del conductivismo también...

Otro matíz. Kamii señala que las escuelas de los países tecnológicamente avanzados han fracasado. Asumir que la finalidad de la educación deba ser el desarrollo de la autonomía no implica asumir ese fracaso. Me explico, que como profesionales podamos tener interiorizado que promover la autonomía es una de nuestras labores no significa que el Sistema Educativo tenga, en verdad, esa finalidad (y fracase en su intento). Podemos tener una visión de la educación como práctica social transformadora, implicada en la construcción de una sociedad más justa e igualitaria. Pero eso no implica que las instituciones para las que tabajamos realmente la asuman.

Más allá de lo que dicen los papeles podemos ver la escuela como un engranaje más de la enorme maquinaria de conformación de la mentalidad sumisa que es nuestra sociedad. Que creamos que nuestro trabajo ha de servir para propiciar que las personas con las que trabajamos sean ciudadanas libres y no siervas o vasallas no implica que el espacio en el que laboramos esté en el fondo por esa labor. Nuestra decisión autónoma de educar para la libertad nos sitúa, antes bien, en el terreno de la resistencia, cuando no en el de la rebelión.


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