viernes, 19 de agosto de 2011

Llegar a una filosofía desde una mirada.


Llegué a Hannah Arendt hablando de revoluciones en la cantina de la Facultad de Filosofía, en torno a unos cuantos muchos litros de cerveza...
Antes me había acercado a ella, casual y tímidamente, casi con desinterés, desde Walter Benjamin y diferentes trabajos sobre él, de un lado; y desde la presencia de Günther Anders en el ecologismo y el antimilitarismo, de otro.
Finalmente me enamoré de ella. Primero de una fotografía. Y después, quién sabe si por amar primero esa imagen, o por leerla con mejor predisposición; de sus palabras e ideas.


En la portada del libro de Elisabeth Young-Bruehl, Hannah Arendt, 1906-1975. Per amore del mondo; la fotografía la mostraba apoyada en la pared, vestida de negro, abotonada hasta el cuello; el pelo recogido pero empezando a soltarse, rebelándose; los brazos cruzados bajo los senos a la altura del vientre, con un cigarrillo entre los dedos índices y corazón de la mano derecha.
Fue su mirada la que me obligó a leer, en feroz combate contra mi desconocimiento del italiano, ese libro.

En páginas centrales se repite, en el contexto de un breve viaje gráfico por su vida, la foto en cuestión, fechada en 1933. Y en esas páginas su sonrisa, su cabello rebelde y, de nuevo, sus ojos, protagonizan otros intensos instantes detenidos. Uno de ellos, un retrato de 1924, deja entrever el ánimo insolente, inconformista,... En otro posterior, realizado en París, sigue vistiendo de negro, el pelo corto pero aún revolicao, el cigarrillo de una mano reflejo del paso del tiempo, las ojeras reflejo del paso de la vida y la mirada, otra vez la mirada, igual, pero distinta.

Su mirada... siempre su mirada... Triste o resignada. Fuerte y provocadora. Su mirada... Como si quisiera que penetrara en ella... 
Y miro (y leo) en todas direcciones intentando entrever el objeto, la causa, de esas miradas...
¿La (¿imposible?) libertad?

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